Gran atardecer sin dudas, la luna que se postra sobre el sol, fiel tornasol que agudiza los latidos de este sonido no marchito, que acaricia el deseo de amar, de querer y del mar. Las olas se llevan el pensamiento profundo de la tristeza que con rabia se enlaza en el ludo del huracán de las espumas, el fértil anhelo por conocerse los sentimientos que esperan el tiempo corto en una ciudad y en un campo; luces, silencio, crisis en un costado, no obstante, otro silencio, árboles, grillos, lunas y estrellas destellan y despiertan el paisaje de la mente de aquella mujer sensata que con sus labios matan la pasión del placer exquisito del héroe que acude a salvar lo que se había perdido. Es cierto que son soles opuestos en la ideología mágica de sus corazones, sin embargo para ellos no hay razones que existan atisbos de desilusiones por la madurez que prestan al sentimiento regular de sus canciones. La vida sonríe, les ríe los vientos que encausan el pelo de la cascada enamorada de sus oídos, caídos los pétalos de la obscuridad, sinceridad al postrarse en su conversación, ilusión desmedida, la medida de sus ojos sin límites quedan paralizados ante la tierna mirada de quien la observa atentamente, lentamente juegan a dormirse en el ensueño del sueño que enmudece cualquier relación de amargura, la figura leal que lo aprieta sin grietas, que sujeta los brazos de la vida que intimida de parajes y color. El calor que se asoma en la nitidez de los besos que encuentran el desenlace del aroma fresco a hermosura, escultura en el aire, el desaire del olvido, bienvenido el sigiloso recuerdo del diamante de del perdón, un cordón para enredarse para siempre, para amarse y para quedarse. Diez de la noche y no saben que hacer, se conmueven ante el tiempo que los ha de mantener por la intensidad de sus inspiraciones, las traiciones que se entierran el la tumba lejana del ayer, caer ya no es un seminario de challa, la musa que inspira y se calla ante el notable reflejo del sensible y apacible pudor del amor, que enloquece, que los mira y enriquece de flores y jazmines, de plantas y jardines, con alegría y algarabías. Dos noches transcurren para el encuentro impensado de quien la mira, la extraña, la busca y la halla ante la sospecha temible de la gente que es la agente y gran cómplice del nudo desatado por los besos desenfrenados con un café y una charla, con emoción al tocarla. Afinados los cuerpos que prosiguen en el sendero correcto, en lo recto de sus vías, los días que no avanzan cuando no aparece la silueta de sus piruetas. La emoción se apodera de sus dedos, de sus manos, de su pelo. La emoción de retenerla se hace frágil a la timidez de su belleza. Pienso en su pelo, pienso en el mar, pienso en tenerla, pienso en amar, en amar sus manos, en amar sus cabellos, ¡oh que bellos los ojos que la observan!Observación: Hay escritos que no son de mi autoridad, como también escritos sin editar. "Siempre seré aquél que ríe y que llora, que sostiene y mantiene lo que tiene".
miércoles, 26 de noviembre de 2014
Emoción.
Gran atardecer sin dudas, la luna que se postra sobre el sol, fiel tornasol que agudiza los latidos de este sonido no marchito, que acaricia el deseo de amar, de querer y del mar. Las olas se llevan el pensamiento profundo de la tristeza que con rabia se enlaza en el ludo del huracán de las espumas, el fértil anhelo por conocerse los sentimientos que esperan el tiempo corto en una ciudad y en un campo; luces, silencio, crisis en un costado, no obstante, otro silencio, árboles, grillos, lunas y estrellas destellan y despiertan el paisaje de la mente de aquella mujer sensata que con sus labios matan la pasión del placer exquisito del héroe que acude a salvar lo que se había perdido. Es cierto que son soles opuestos en la ideología mágica de sus corazones, sin embargo para ellos no hay razones que existan atisbos de desilusiones por la madurez que prestan al sentimiento regular de sus canciones. La vida sonríe, les ríe los vientos que encausan el pelo de la cascada enamorada de sus oídos, caídos los pétalos de la obscuridad, sinceridad al postrarse en su conversación, ilusión desmedida, la medida de sus ojos sin límites quedan paralizados ante la tierna mirada de quien la observa atentamente, lentamente juegan a dormirse en el ensueño del sueño que enmudece cualquier relación de amargura, la figura leal que lo aprieta sin grietas, que sujeta los brazos de la vida que intimida de parajes y color. El calor que se asoma en la nitidez de los besos que encuentran el desenlace del aroma fresco a hermosura, escultura en el aire, el desaire del olvido, bienvenido el sigiloso recuerdo del diamante de del perdón, un cordón para enredarse para siempre, para amarse y para quedarse. Diez de la noche y no saben que hacer, se conmueven ante el tiempo que los ha de mantener por la intensidad de sus inspiraciones, las traiciones que se entierran el la tumba lejana del ayer, caer ya no es un seminario de challa, la musa que inspira y se calla ante el notable reflejo del sensible y apacible pudor del amor, que enloquece, que los mira y enriquece de flores y jazmines, de plantas y jardines, con alegría y algarabías. Dos noches transcurren para el encuentro impensado de quien la mira, la extraña, la busca y la halla ante la sospecha temible de la gente que es la agente y gran cómplice del nudo desatado por los besos desenfrenados con un café y una charla, con emoción al tocarla. Afinados los cuerpos que prosiguen en el sendero correcto, en lo recto de sus vías, los días que no avanzan cuando no aparece la silueta de sus piruetas. La emoción se apodera de sus dedos, de sus manos, de su pelo. La emoción de retenerla se hace frágil a la timidez de su belleza. Pienso en su pelo, pienso en el mar, pienso en tenerla, pienso en amar, en amar sus manos, en amar sus cabellos, ¡oh que bellos los ojos que la observan!
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