Llegada la tarde, me arde el pensamiento por todo el sentimiento que en mi corazón a veces siento, pues presiento que, la figura de tu cintura es comparable con el sable de la bella amapola que luce en ese cruce de pétalos y colores con olores de fresca pureza. La sabiduría de tus ojos con los que penetran intentan sacudir el deseo de vivir mirándote y observándote, para creer, para olvidad y para querer. Basta solamente una soda y un helado para que sea la moda de quedar paralizado a los gestos de la bella mujer que sempiterna de alegría, llena el pecho y lo infla de algarabía, de arboledas y parajes de azules y arcoiris, de manjares y fantasías. Notable la mirada que se acerca sigilosamente a la rudeza de la empatía de aquél caballero que la extraña desde sus entrañas. Nada que hacer frente a la hermosura de sus ojos, a la hechura de sus párpados, a la ternura de los abrojos que se sonrojan con la piel llena de miel para endulzar la esperanza perdida en el horizonte lejano de esa esperanza que se vuelve en ilusión introspectiva que cautiva el celo del desamor, de la vida con calor y de aquella fragancia despertada con tan sólo una mirada.
Son ecos de distancia las que con ansias esperan llegar a sus brazos con los surcos lentos de la conquista enamoradiza y sincera del pudor con que la visualiza. La sencillez y sinceridad no tiene excusas para incrustar las difusas alamedas de paisajes con la armonía de sus labios, con sinfonía de sus ojos, con lo sabio del antojo que disimula para oponerse al miedo y al desencanto. Es cierto que sus ojos son la hermosura de su belleza, no obstante, son el reflejo de su destreza que inunda con edenes de rosas, con diademas de rosas, que adornan la situación de aquel corto tiempo para conversar, para compartir y revertir la verdad subjetiva que ambos conllevan y que no se paralizan por la objetividad que el destino le espera. El la busca, quizás la siga buscando por las huellas que ha sembrado en la tierra fértil de su vida, que aunque hayan heridas no pierde el rigor para cosechar aquella flor bella que se destella con su presencia y que no le teme a su ausencia. Los mares y ríos se abrazan a la ilusión del pensamiento trágico del escritor, que con soles resplandecen en su interior. No sabe lo que sucede, sólo vive, sólo disfruta, sólo clama...pero ante todo,,, él sólo ama.
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